Abr 22

Cuando Los Científicos se equivocan (Parte 1)

Simulación digital de Venus, el planeta con la superficie más caliente del Sistema Solar. Créditos: images.nasa.gov

No todo es perfecto. A lo largo de la historia hubo gente estudiosa e inteligente que se equivocó cuando planteó alguna hipótesis o estudio científico para explicar algún fenómeno o hecho observable que hasta ese entonces no había sido explicado. No fue la excepción la ciencia que nos ocupa: la astronomía.

La mayoría de tales errores derivaron, en cada época, de la falta de medios adecuados para sustentar o comprobar lo que se había planteado como certeza. El avance de la ciencia (y la tecnología) ayudó a enmendar o corregir las falsas hipótesis o teorías. La invención de los telescopios, el descubrimiento de la espectrografía, los radiotelescopios, las sondas espaciales, la informática y todos los artilugios tecnológicos nos dan ahora la oportunidad de observar, fotografiar, medir, analizar, comparar, etc. para certificar la veracidad de cada nuevo descubrimiento o hipótesis.

Recordemos, por ejemplo, que hasta el siglo XIX se pensaba que el Sol y sus planetas se ubicaban en el centro del Universo. Las ideas religiosas y filosóficas imperantes en la época lo certificaban y prestaban su aval. El descubrimiento de que vivimos dentro de una galaxia (una común entre otros miles de millones de galaxias), las modernas mediciones, la expansión del Universo, el Big Bang, etc. cambiaron radicalmente esta vieja creencia hasta desplazar nuestra ubicación a un alejado brazo de la galaxia que llamamos Vía Láctea.

Mucha gente de ciencia, de respeto y prestigio,  arriesgaron su reputación (sea por buscar fama o por un interés personal) para lanzar ideas o hipótesis que en su momento parecían verdaderas y que posteriormente la evidencia científica terminó por desbaratarlas y negarlas. Por suerte, la Ciencia tiene la virtud de autocorregirse constantemente. Ahora sabemos que ninguna teoría o hipótesis es definitiva, siempre es posible que pueda ser enmendada, reafirmada o negada.

Veamos otros casos:

  1. El Sol: una bola de gas incandescente

A mediados del siglo XIX no se sabía cómo funcionaba el Sol. Todavía no se había descubierto la energía nuclear y poco se sabía del poder del átomo. Se creía que el Sol era una gigantesca bola de gas incandescente aunque nadie sabía qué gas era. Pero, ¿de dónde sacaba la energía necesaria para brillar tanto? En 1848, el astrónomo J.R. Mayer calculó que el gas del Sol, debido a su tamaño, se enfriaría en unos cinco mil años. El gas no duraría mucho. Para explicar la forma de su mantenimiento de energía Mayer aseguraba que constantemente caían sobre la superficie del Sol meteoritos y cometas que le servían de combustible. Otra teoría preconizada por H. Von Helmholtz y Lord Kelvin decía que el Sol irradia energía por compresión del gas y que este proceso duraría unos quince millones de años más. En realidad, no se sabía con certeza el modo del funcionamiento de nuestra estrella. El descubrimiento de la energía nuclear, en el siglo XX, terminó con estas erradas teorías. Ahora sabemos que el Sol se compone de plasma (el quinto estado de la materia), funciona como un horno nuclear que fusiona hidrógeno en helio y es, comparativamente, como una bomba atómica de hidrógeno en permanente explosión pero que no puede desperdigarse por el espacio debido a la fuerza de gravedad que lo mantiene en equilibrio.

  1. Venus: un paraíso cerca de la Tierra

Pese a que Venus es el planeta visible más brillante y cercano, nunca pudimos ver su superficie y tuvimos que esperar hasta la segunda mitad del siglo pasado  para conocerlo. Con los primeros telescopios de siglo XVII y XVIII solo se podía apreciar un disco brillante, blanco, sin detalles. Poco cambió hasta mediados del siglo XX. No se observaban detalles pero se podía ver que estaba cubierto de espesas nubes que impedían ver su verdadera superficie.

Los estudiosos planteaban todo tipo de hipótesis para explicar cómo era Venus: a principios del siglo XVIII, F. Bianchini,  publicó un mapa de Venus con supuestos continentes y mares; en 1761, M.V. Lomonosov determinó que lo único que se veía eran nubes. Ya en el siglo XX, R. Wildt, manifestó que la atmósfera nublada de Venus contenía grandes cantidades de formaldehido, un producto químico usado como bactericida y como conservante en la industria. En 1954, el astrónomo Fred Whipple y otros,  creían que sobre la superficie de Venus había grandes cantidades de agua. La literatura y el periodismo de la época lo interpretaron como la sede del paraíso. Por algo sería que desde la antigüedad Venus había sido considerada como la diosa de la belleza y su intenso brillo le otorgaba ese mérito. Si había abundante agua, había peces y plantas y atmósfera para respirar. En suma, el paraíso terrenal cerca de la Tierra.

En la segunda mitad del siglo XX llegó la respuesta: las mediciones con radar, la espectrografía, las naves espaciales que se acercaron a Venus, y hasta una sonda rusa que aterrizó sobre su superficie nos revelaron la verdad: ¡Venus es un infierno! Con más de 450° C de temperatura en su superficie, nubes y lluvias de ácido sulfúrico, volcanes activos y vientos de velocidades infernales Venus se convirtió a lo largo del tiempo en un gigantesco invernadero natural. El lugar más peligroso y extremo del Sistema Solar.

  1. Edmond Halley: la Tierra es hueca

La idea de que la Tierra es hueca no sólo fue parte de la ficción literaria como el caso de Julio Verne o H.G. Wells sino también de astrónomos de renombre. Edmond Halley, famoso científico inglés de fines del siglo XVII e inicios del siglo XVIII, fue no solamente astrónomo sino también inventor, profesor de la Universidad de Oxford, cartógrafo, capitán de barco y célebre por su teoría de ser el primer científico en demostrar que algunos cometas retornaban cada cierto tiempo siguiendo largas colas elípticas. En su honor el cometa  que le sirvió para hacer sus estudios y elaborar su hipótesis lleva su nombre: el famoso cometa Halley.

Nuestro personaje, en 1692, planteó la teoría de que la corteza de nuestro planeta era una superposición de capas, como cáscaras, de unos 800 Km de espesor. El interior estaba formado por otras dos cáscaras del tamaño de Venus y Marte, respectivamente; y un núcleo interno del diámetro del planeta Mercurio. Las cáscaras estarían separadas unas de otras por atmósferas gaseosas y rotaban a diferentes velocidades.

Todo este embrollo había sido causado por un error del matemático Isaac Newton cuando calculó la densidad de la Luna lo que obligaba a pensar en un planeta Tierra menos denso de lo que en realidad era. La teoría de la Tierra hueca le permitió a Halley decir que las auroras boreales eran emanaciones de gas de las atmósferas de las capas interiores de nuestro planeta, decir además que por sus investigaciones había descubierto cuatro polos magnéticos sobre la Tierra. Su argumento era que había que conciliar los datos geográficos y geológicos con las narraciones bíblicas de la Creación y el Diluvio. Para Halley era la prueba de la omnipotencia del Creador pensar que esas esferas interiores estaban habitadas por seres vivos.

Esta cosmovisión fantástica y errónea era admitida en aquella época en que no se entendía el origen de los terremotos ni la naturaleza de los volcanes, no se sabía de dónde procedían los manantiales, el por qué existían las cavernas, ni de quiénes eran los fósiles de gigantescos animales que eran descubiertos en diferentes partes del mundo.  Una teoría más no era para preocuparse. Posteriores investigadores, con paciencia y mucho estudio, fueron explicando uno a uno cada aspecto que involucraba esta teoría y aportando con su estudio a su final y definitivo esclarecimiento.

La Tierra no es hueca y solo fue una fantasía de la literatura.

(Continuará)

Erwin Salazar GarcésDirector Científico Planetarium Cusco.

About the Author:

Leave a Reply

*

Need help?
¿Necesitas ayuda?